Albur, cine

Las cejas de Fontcuberta

Apunté la cámara del celular hacía mí, detrás estaban la sonrisa burlona y superior de un astronauta ruso y su casco. Esa selfie era la única razón por la que entré al museo. Sonreí al verla y salí. Al lado de la salida había dos turistas. De piel blanca y pelo oscuro, era fácil presumir su origen. Estaban detenidas en la entrada intentando hablar con el guardia. Él les decía que era un regalo, ellas querían devolverlo. Me acerqué y recibí uno yo también.

“Omiyage” les dije, eso acabó el malentendido y guardaron su souvenir en los bolsillos, ellas dos salieron y les pregunté lo que ya sabía. Eran japonesas.

Tenían cámaras muy valiosas con correas de cuero “escondidas” entre sus bolsos. Caminamos juntos hasta la esquina, ahí nos despedimos pero seguimos el mismo camino en silencio incómodo. Tomé la inciativa y cambié de calle, podían creer que tenía intenciones criminales y no las quería asustar. Continuamos caminando hacia el mismo destino. La plaza de Bolívar. Al llegar, pensé que nos separaríamos porque se tomarían fotos con los edificios mientras yo seguía por la séptima hacia el norte. Pero Naho se adelantó y me preguntó qué era ese lugar. Cuando me disponía a contestar me preguntaron por qué sabía japonés y cuál era el un buen lugar para tomar un café. Ni podía creer que ella acabara de decir esas palabras, intenté disimular mi emoción y hacer como si eso me sucediera constantemente. Salimos de la candelaria, aburrida, fuimos por el centro hasta un 9 piso donde había café pero también té, que estaba seguro les gustaría más. Colombia es una dictadura del café, hay muy pocos lugares donde se pueda tomar buen té. La vista daba escalofríos, era un día brillante. Tres pájaros oscuros volaron cerca de la ventana. A veces había silencios incómodos y ellas tenían que repetirme las cosas dos veces, la segunda más lento para que yo pudiera entender, creo que nos estábamos divirtiendo.

Sentados en una mesa interior el sol dio una tregua y observé mejor a mis nuevas amigas, una de ellas alta, Noromi? Nozomi? no pude escuchar muy bien su nombre cuando lo dijo. No hablaba mucho, tenía el pelo hasta el inicio del cuello y era tímida, solo sonreía y le murmuraba cosas a Naho que me quedaban imposibles de comprender. Naho era más abierta, se reía y hablaba mucho más, tomaba la iniciativa y se notaba que en ella recaía el itinerario del viaje. Tenía el pelo recogido en una cola de caballo, era más baja que su amiga. Me gustaba su sonrisa blanquísima y tierna. Sus ojos eran grandes, color carbón y su rostro redondo, casi como el de un dibujo. Su cuerpo delataba más de 20 años, en una japonesa eso puede llegar a ser incluso más de 30. Todavía no hablábamos de edades.
La tarde acababa de empezar, todo despedía un olor a tranquilidad. El color del cielo era azul piscina y los cirros blancos se veían como diminutas grietas en el agua. Estaba cómodo. La conversación había tocado todos los temas habituales, por qué Colombia, de dónde venían, hacia dónde iban, si les había gustado, de qué parte eran, qué parte de Japón me había gustado más…

Luego me dijeron que habían llegado ayer y que solo pasarían un día acá. Muy poco tiempo, ni siquiera sabía que recomendarles para conocer en una sola noche. No parecían interesadas en fiestas, acababan de salir de un museo. Probablemente lo mejor sería comida, algo que casi siempre recomiendo mal.
La amiga de Naho se la pasó mirando el lugar, tomando fotos a la ciudad, haciendo preguntas sobre Colombia. Naho, en cambio, sobre mí, sobre mi razón por aprender japonés, sobre mis viajes y mi trabajo, sobre mi camiseta, me gustaba su interés, podía ser falso o nada más cordialidad, pero en ese momento me sentía a gusto respondiendo.

El té se había acabado y era hora de salir, ahora sí estaba resignado a que sería un bonito encuentro, que no daría para más, a punto de despedirme me preguntaron donde se podía caminar y tomar fotos bellas. Una niña con vestido rosado se estrelló contra nuestra mesa y se puso a llorar. Me costó trabajo no reír.

El parque no tenía muchas flores pero estaba verde, al caminar por los senderos se pisaban las semillas de los árboles y los pasos sonaban como una marcha de insectos. La amiga de Naho se adelantó y empezó a tomar fotos a cada flor y pájaro que encontraba su vista. Caminamos solos Naho y yo, parecía una cita cursi. La tarde apaciguaba el calor del medio día. Las nubes empezaban a conjugarse y el viento tomaba velocidad. A veces Naho dejaba de sonreírme y miraba su teléfono, viejo, de tapita. Luego, volvía a su expresión anterior y seguía hablando. Tenía 23 años y había nacido en Miura. Acababa de terminar sus estudios en música, tocaba el piano. Nos sentamos a descansar en un banco, ellas partían para Brasil al día siguiente casi a medianoche, yo seguiría acá. Por un momento recosté mi cabeza hacia atrás y la miré, ella observaba algo a lo lejos y su cabello quedó frente a mí, un olor a shampoo, dulce y vivo me sorprendió. Sentí que era la primera vez en décadas que olía a una mujer. Su peinado recogido hacía visible la parte posterior de su cuello, su piel era perfecta como el papel. No había una sola gota de sudor. En ese momento supe que no quería ser el recuerdo de una amable coincidencia en Bogotá, quería dejar de actuar de guía de turistas, tenía que acostarme con esa mujer.
Note la erección en mi pantalón y cambié de posición para disimularla. Me sentí frustrado y furioso. Era imposible. No había en el mundo la más mínima posibilidad de tener algo con una japonesa en un solo día. Imposible.

Ella con total pasividad empezó a voltearse. Tenía que disfrutar aquel segundo como ningún otro, todas las probabilidades apuntaban a que luego ella no me hablaría jamás.

Su cuello se devolvía a una velocidad mínima, su rostro enfrentaría al mío, ese movimiento era una eternidad, cuando ella viera mis ojos notaría que he cambiado. Podría leer mis intenciones, todo dependería de su reacción.

Sería decisivo, nuestras miradas se cruzarían realmente y por primera vez.

Naho era hermosa, cuando me miró supe que era la mujer más hermosa que se había sentado frente a mí. No estaba seguro sí ella había entendido mi mirada, si había detectado mi erección o simplemente había cambiado de humor pero su sonrisa amable cambió, ahora un telón sombrío y transparente bajo por su cara, no dejaba de sonreír, solo que su nueva sonrisa me asustaba e intimidaba, me encogí en la banca mientras lentamente se acercó a mí como a punto de morderme y dijo muy despacio y suavemente que me esperaba menos convencido. Se puso de pie y me miró riendo, no se burlaba, me levantó de la banca tomándome de la mano, caminamos juntos.

Después de comer y ponerme un saco, Naho pidió Gin and Tonic, seguía sonriendo y yo seguía intimidándome. Las calles, ahora frías, sostenían filas interminables de carros que eructaban y chillaban. Estaban hospedadas en un hotel que nunca había visto antes, en la entrada no había un solo colombiano. Me dio la impresión de que una noche ahí costaría lo mismo que un mes de mi trabajo.

Cada vez que sacaba mi teléfono del bolsillo ella retrocedía instintivamente con un pequeño saltito que me daba risa y empecé a usar mi celular únicamente para ver su reacción. Era involuntaria y por lo tanto siempre era la misma. Su amiga lo notó también, tal vez a la quinta oportunidad. La tomó de una mano, mientras la miraba con gesto preocupado. Intentó disimularlo sonriendo al instante. Algo sucedía, ¿Qué clase de secreto podía guardar Naho para que la asustaran los teléfonos? ¿Estaba casada y su esposo la buscaba por todo internet? ¿Era prófuga de la CIA y no podía estar cerca de un aparato con cámara? ¿Tenía cáncer producido por la radiación de los celulares y no podía acercarse a ellos?
El alcohol en mi vaso estaba completamente quieto. Sentía que sus ojos conocían a todas las personas que existen, que ella tenía una colección a la que nunca iba a estar invitado. Como en esa película en que un carro negro lleva a un hombre a soñar las vidas de los demás, estaba en el límite del universo. En el espejo del baño vi al más ingenuo de los hombres. Imaginé la luz de dos pequeñas velas como único consuelo ante una oscuridad de tormenta y comprendí que ahora era un fantasma. A quién le importaba el problema de Naho con los teléfonos, yo solo quería un beso.

La música cambió, subimos a la terraza del restaurante y seguimos hablando. Dejé de usar mi celular y empecé a acercarme más. La música electrónica era monótona y no producía más que bostezos. Fuimos a bailar.

En la mesa una botella de tequila, nos levantamos cuando empezó el reggaeton. La amiga de Naho bailó dos canciones y se sentó, comprendía lo que sucedía.
Naho había perdido todo gesto de ingenuidad, ahora sus ojos desprendían una mirada afilada y veloz. Quería morderle la nariz del tamaño de mi meñique.

No teníamos sueño, encendí la luz y sobre uno de los ojos de Naho caía un mechón que partía su rostro, la parte iluminada me hizo pensar en la fuerza del blanco de su piel, aún después de besarla con fuerza y haber perdido la cuenta de las veces que lo hice, sus labios continuaban muy rojos. El único punto iluminado de la mitad oscura de su cara era el reflejo en su ojo. Su mirada brillaba y yo padecía. Estar a su lado era igual que sentirse en una tormenta de nieve, corriendo a toda velocidad y a ciegas. Puso una de sus manos sobre mis ojos, estaba tibia, sus dedos eran delgados y diminutos. Creo que mi miedo irracional a las arañas, sobre todo a las de patas largas que parecen puntas de lanza se había materializado en las manos de esta mujer. ¿Me enamoré tan rápido?

Era la hora más fría de la noche, teníamos hambre, faltaba poco para amanecer, salimos a caminar. Los gatos cruzaban las calles en carreras solitarias y mudas.

Naho me abrazaba para sentir calor. Cuando estábamos mirándonos intenté revisar mi teléfono y ella detuvo mi maniobra y me pidió que lo alejara. Sentí que la ofendí y le pedí perdón, pero recordé que por la tarde también le tenía aversión, seguía queriendo saber, esperando una confesión.

—Sabes, en unos días puede que te arrepientas de esta noche —dijo mientras veía nuestras sombras en el suelo.
—¿Por qué? No creo que lo haga nunca.

—Que palabras tan comunes, espero que no tengas que entender lo que digo… Cuando era niña tenía un pato, era blanco y bonito. Le contaba todo, todo, cada pensamiento… Ese pato me conocía mejor que nadie. Hoy somos como los patos, lindos porque callamos.

Su abrazo se hizo más fuerte pero lo que me dijo ya me había atropellado. Quedé en silencio observando como me guiaba de madrugada por mi ciudad.

—Mi único amanecer en Bogotá, lo voy a necesitar en mi memoria… Voy a ser famosa Felipe, te lo prometo. Lo entenderás dentro de poco, pero luego lo volverás a entender, en unos años tal vez, haré que lo entiendas, seré famosa y tocaré enfrente de muchos. Enfrente de japoneses y colombianos. Lo digo en serio.

Su pecho se extendía mientras hablaba, a veces salía vapor invisible de su boca y su voz se escuchaba amarilla por las luces de los postes.

—¿Tú tomas fotos verdad? Tú eres un mentiroso entonces. Te voy a mostrar las mías.

Había más de cuarenta fotos, casi todas de reflejos en ventanas y vitrinas en los que la silueta de Naho borrosa se difuminaba entre los escenarios. Me hacían imaginar un silencio blanco y largo. En esas fotos estaba el secreto de Naho, ella me lo estaba mostrando y yo todavía no lo descifraba. En ninguna se veía su rostro.

Una paloma negra y de una pata estaba entre el andén y la calle, tenía pocas plumas, estaba cubierta de grasa y suciedad, su ojo amarillo no se desprendió de mí. Los dedos de Naho temblaban mientras sostenía la cámara. Cuando terminó de mostrarme la levantó y tomó una foto juntos. Debí aparecer con cara de idiota pero ni la miré. Me gustó que eso hubiera sucedido.

Un fin de semana mientras llegaba de pedalear entré a twitter. Casi suelto el celular. Había una foto de Naho.
Estaba seguro de que era Naho aunque la persona en la foto estaba haciendo un gesto completamente inhumano, exagerado, extremo, monstruoso y sin embargo, era Naho.

La imagen mostraba un piano y a su pianista, la pianista tenía el cabello liso y muy bien peinado, negro brillante. Estaba tocando el instrumento en un concierto. Pero era el gesto el que llamaba la atención. La pianista parecía un caballo, parecía un gorila enfurecido. Sus dientes superiores estaban al aire y sus cejas contraídas, los ojos abiertos hasta el punto que creaban arrugas en la frente y mejillas. Era un meme.
La imagen circulaba por internet como un chiste. Nadie sabía quién era la pianista ni le importaba, solo servía como vehículo para poner mensajes. La mayoría tenía que ver con apasionarse demasiado por cualquier actividad artística. Es decir, aparecía la foto de Naho con su gesto de caníbal rabioso y la acompañaban mensajes diciendo que esa era la cara que ponían cuando se les ocurría un verso o que así se veían cuando les faltaba una noche para presentar una obra. Por nombrar las más comunes dentro de las cincuenta variaciones que vi en menos de dos horas. Naho se había convertido en un meme, no cualquier meme, era el equivalente de la cara de Sméagol pero para artistas. La más baja de las categorías de los memes.
Admito que la mujer más hermosa que se había sentado frente a mí se veía asombrosamente ridícula en la foto, me dolieron las costillas y lloré de la risa las primeras cinco veces que la observé.
A esto se refería y no se refería Naho cuando me dijo que iba a ser famosa. Esto fue el detonante de su viaje, y el viaje es solo el nido para el plan de venganza en contra de todo internet, de la humanidad. Desde que me lo dijo supe que iba en serio, el combustible de su determinación era el número de veces que su foto había sido compartida virtualmente. Naho es invencible.

Semanas después volví a la exposición, volví a pararme en frente a la cara del astronauta, esa fue la primera foto que me mostraron en mi primera clase de fotografía de mi vida. Ese día me enseñaron que todas las fotos son mentira. El astronauta tiene unas cejotas descomunales, abrasivas, pérfidas.

Lo último que Naho me dijo fue: “I’m not the captain of my heart anymore.” Se veía feliz.

Febrero 2017.


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La Despedida 12

Llegué al final del libro sin conocer al dueño, y como este ejercicio de piratería acaba con esta entrada, es momento de finalizarlo con una confesión.

Cuando terminaba de leer Haru no Yuki me había interesado por primera vez en cierta figura que anteriormente no podía soportar. Hunter S. Thompson. De seguro por la imagen cinematográfica que Deep y Murray hicieron de él y que luego todos imitaron en sus disfraces de halloween.
Un caballero gringo de esos de la segunda mitad del siglo XX. Lleno de alcohol, prejuicios y viajes que solo fueron trascendentales para él. Leerse toda su obra no resultó difícil, la mayoría está en revistas.
Fue el mensaje que dejó antes de morir lo que me empujó a leerlo. Veía en esas frases exageradamente contundentes una salpicadura del fuego que quería leer.

Creo, tal vez, que por un momento, me gustó.
Luego escuchando algunas de sus entrevistas decía que antes de empezar a escribir había transcrito, palabra a palabra, varias obras de sus autores favoritos. Según él para sentir lo que ellos habían sentido cuando pusieron esas frases juntas. Como si eso sirviera de algo.

La sombra de esa idea tan ingenua me mantuvo pensando en esa sensación, en lo que podría sentir un autor al escribir sus palabras. Seguro que los autores que sienten algo cuando escriben son los más malos. Cuando el libro me cayó enfrente decidí hacer lo mismo con alguien que significaba tan poco para mí como Kundera. Lo confieso, de eso se trató, nunca esperé ni esperaré que aparezca el dueño del libro.
También tengo que decir que no sentí nada cuando transcribía las frases de otro, que otro había subrayado. Pero al final todo el ejercicio se sintió bien. Bien como cuando uno tiene tareas y no hay nada más que hacer pero igual decide no hacerlas y quedarse escuchando su propia respiración mientras saborea las cosquillas de la culpa debajo de la piel. Así de bien.

Aquí la última frase subrayada del libro que alguien dejó caer por una ventana hace unos meses y yo leí.

Incluso vivir en medio del dolor tiene su misterioso valor. Hasta la vida en el umbral de la muerte es maravillosa.

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La Despedida 11

Pero esta mujer se le presentaba de pronto separada de todo aquello, separada de su vida, había llegado desde fuera, había aparecido, se le había aparecido no solo como mujer bella, sino como la belleza misma y le venía a decir que aquí se podía vivir de otro modo y para otra cosa, que la belleza es más que la justicia, que la belleza es más que la verdad, que es más real, más indudable y hasta más alcanzable, que la belleza está por encima de todo y que en este momento ya está definitivamente perdida para él.

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La Despedida 9

Y el libro continúa en el mismo lugar.

 

Los cabellos rubios y los morenos son los dos polos del comportamiento humano. Los cabellos morenos representan virilidad, valor, franqueza y actividad, mientras que los rubios simbolizan la femineidad, la ternura, la impotencia y la pasividad.

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La Despedida 8

En una conversación este fin de semana, hablando con uno de los borrachos más sensatos que conozco desde mediados de los noventa, apareció el tema de las casualidades. Me dijo —Son inevitables en este mundo tan pequeño.
Me quedé pensando en su frase por un largo tiempo. Luego de una pausa, el maldito cerdo asqueroso, empezó a producir unos sonidos cercanos a lo que según él era un vallenato llamado “Casualidad” del ilustre Nelson Velásquez. Según wikipedia, el tipo de voz de Nelson es tenor.
Deberían hacer un timelapse de Valledupar y de fondo un vallenato, deberían hacer un timelapse de Suba y de fondo un vallenato. El mejor y más memorable timelapse de Bogotá tiene que tener a Nelson Velásquez. ¿Por qué siempre tienen esa electrónica desalmada y somnolienta?

–Nos producimos, desde el principio, por casualidad.

Cuando llegué a mi casa, saqué el libro de Kundera de la maleta, cada vez que lo tomo en mis manos siento más confianza. Me siento más seguro de que ahora es de mi propiedad. También me lleno de sorpresa. De lo poco que me conozco, porque este libro me ha parecido enternecedor y más que nada, divertido.
Ahora me encuentro en los transmilenios (únicos momentos en el día en que tengo tiempo exclusivamente para leer) riéndome solo, como esas señoras que leen novelas románticas para sentirse mejor, y es que no hay distinción, me he dejado llevar.
Son muchas historias las que narra el libro, muchas casualidades que las unen. Hay amor y celos, muerte y sexo, pilares de la comedia y de la humanidad, me sorprendió este libro. Más porque lo he tomado como un útil respiro. Porque antes había leído el primero de la tetralogía de Mishima.
Por segunda vez me enfrentaba al monstruo, a esa bestial campaña que Mishima emprende por encumbrar al amor como la sustancia del dolor y de los hombres. Cuando lo leí no pude resistirme a terminar muchas de sus frases y sentirme cocinado por dentro, de nuevo, envejecer en un viaje de transporte público. Ese libro me hizo sentir como un ingrediente que con cada letra encontraba sus compañeros de receta, en cada capítulo el fuego elevaba la temperatura. El destino es ser transformado en un plato, en alimento, manoseado y listo para consumir. Leer ese libro no es solo aprender, es cambiar. Lloré mucho.

Entonces el libro que vino de arriba, que me cayó del cielo o de una ventana más bien, resultó digno y apacible. Me devolvió un poco la ingenuidad que había perdido y me hizo reír.
Antes de eso estaba leyendo de una manera extraña. Encontraba cualquier parte subrayada y en seguida paraba hasta transcribirla aquí. Era lento e infructuoso. En una semana me leí todo el libro. La historia era muy fácil de leer y definitivamente me encontré con fragmentos que recordaré, que consideraré verdad.

Ahora que ya tengo el libro en la mente repasaré las citas, las guardaré aquí y seguiré con la idea de investigar los motivos por los que fueron subrayadas, de entender al anterior lector. Esperando que la casualidad lo haga abrir esta página, leer las citas y recuperar su libro.

 

 

—Amigo mío —dijo Bertlef—, ¿no sabe acaso que lo que a usted le ocurre es la historia de todos los hombres de este mundo?

 

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