Albur

Una tarde en Mesetas Meta

Octubre, 2016. Cansado y desesperado. Pensaba que nunca acabaría y no quería seguir viajando.
Desde alguna hora que no recuerdo en la mañana salimos de Villavicencio, en la tarde nos detuvimos en Mesetas. No era nuestro destino entonces no me interesaba, el viaje había estrujado mi espalda. Me bajé del camión para moverme un poco. El sol calentaba las latas de los carros, la tierra de las calles y mi frente. Mientras llenaban el tanque el oficial fue a la alcaldía a saludar o algo así. Como yo era civil los soldados no me hablaban mucho, se bajaron todos y fueron a un restaurante a tomar gaseosa. Como yo era rolo los oficiales no me hablaban mucho, me senté en una banca frente a la alcaldía donde había sombra. En una pared del edifico, que era más una casa pintada como restaurante pesquero, estaba el himno del pueblo en un papel plastificado. Las primeras palabras del himno de mesetas dicen “Un sueño mutuo de paz”. No las recordaba literalmente, tuve que buscarlas luego, pero sabía que tenía la palabra paz.
Al camión había que arreglarle algo en la parte trasera, más tiempo en ese lugar. Con la tropa fuimos a la cancha de fútbol, orgullo municipal. Estaba cerrada, entonces fuimos al río que por el sonido se escuchaba muy cerca. Unos pájaros grandes, oscuros y muy rápidos nos escucharon y se adelantaron volando e indicándonos la dirección.
En el río habían niños que parecían jóvenes. Nos quitamos las botas y metimos los pies en el agua. Sentir las piedras redondas en mis pies me relajó por primera vez en el día, eran agradables, compactas y frías. Las toqué con las manos, y agachado pude ver una distinta, era puntiaguda, grande y se mantenía en una rigidez vertical orgullosa. Me gustó esta piedra, inmediatamente el espejismo de un pez gordo apareció nadando por el río con su panza deslizándose por el suelo del río. Al pasar por la piedra puntiaguda su vientre redondo y tenso se abría dejando todo el río rojo oscuro en pocos segundos.

Los niños nos dijeron que había dos ríos en Mesetas, en el que estábamos era de agua fría y se llamaba Limón. El otro era de agua caliente y se llamaba Lucía. Pensé que eran los ríos con los mejores nombre que había escuchado.
Sentado en la orilla del Limón los rayos de la tarde iluminaban un banco de mosquitos que flotaban sobre el agua creando una nube viva y resplandeciente. Se movía desesperada e impaciente pero en total silencio.
El camión volvió a estar listo y seguimos 4 horas más.

No creo que los que compusieron el himno, los niños del río Limón, ni yo creyéramos en menos de un año la guerrilla entregaría las armas en ese mismo pueblo.


En mi libreta tenía escrito de ese día:

 

“La uñas duelen rojas, sangrantes
el polvo de la carretera me susurra siempre lo mismo
si grito todos se reirían pero tú no me escucharías.

En el río Limón cometí un error
no seré pez
reencarnaré en mosquito.

…”

 

 

 

 

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