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Por fin la crónica de la FilBo!!… del 2013 (parteII)

Hace 4 años publiqué esto:

https://medium.com/narraciones-colombianas/feria-del-libro-bogota-2013-1fd653f910b

La primera parte de mi crónica sobre la feria del libro de Bogotá. Pero dice primera parte por una razón. Cuatro años después subo acá la segunda parte de esta crónica que sin querer me llevó a que hoy en día esté, de nuevo, escribiendo mi FilBo.

Feria del libro, Bogotá 2013. Parte II

 

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Albur

Zzzz

Solo he soñado una vez contigo, fue anoche

Y anoche son todas las noches

Tu olor por horas, atravesado
como esas arrugas que amontona el tiempo
en las palmas de tus manos

Y en el día todos los sueños
se sienten vivos.

Nunca más volví a sentir esa sensación
esa que algunos llaman:
Despertar.

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Albur

el sonido más triste sobre la faz de la tierra

 

 

siempre lloraré

la cura para mis fobias
es la tristeza, ya lo comprobé
cuando estábamos en el occidente de boyacá
cuando desayunábamos con tarántulas gigantes en la cabeza
y bebés en la mesa.

habíamos peleado y estaba tan rabón, ardido y triste que
no me importó caminar entre las de ocho patas
nos hicimos aliados, me contaron sus secretos.
lo que siempre supe
les temo porque son más inteligentes.

también peleamos en canadá
y en la tienda de vestidos sobre la rambla
cuando conocimos al Maestro Demiran
y lo perseguimos hasta el bastión de los pescadores
claro que fue su culpa.
Él es como el trompetista de hamelín pero mejor
nosotros somos ratas, eso sí.

 

el cielo no se puede controlar cuando Él toca
gotas transparentes
jerod estaba muy borracho y también estaba rabón
su furia es lúcida, combativa, racional
siempre dijo que nada tenía sentido
gritaba spout! spout! spout!
más gotas transparentes
this civilization sufre de demencia incurable! gritó
nunca hay que dejar que jerod se exceda con la lectura, pensé
heroes are only corpses with names!
we’all sleep! all primitivos pretextos para explode in bitter cáncer!
lo envidio, su pesar se cura gritando
no necesita oídos.

la mirada misericordiosa
no se postrará sobre nosotros
estamos en la sombra, donde la cerveza sabe mejor
pintamos los mototaxis de negro
las piscinas de rojo
y bailamos en la feria,
tenías los hombros quemados y pestañitas de piel se levantan a saludar a mis dedos.
me gustabas mucho y no había necesidad de pelear
pero te incomodaba, no aguantaste más,
las bombas estallan cuando ellas quieren
todas las arañas subieron por mi espalda
todas en mi nuca
no me importó
el Maestro tocaba

siempre lloraré, gotas transparentes.

 

 

 

 

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drive

Drive es una película perfecta. Cuando veo una película perfecta lo sé porque en el momento en que termina me es imposible comprender lo que acaba de suceder y tengo que volverla a ver.
Drive terminó a las 4am y no lo podía creer, a mi mente le costaba admitir que había presenciado la perfección. La volví a ver, eran cerca de las 9am. Lo supé. Drive es una película perfecta.

 

 

 

Sin embargo, y por primera vez, hubo una forma en que drive pudo ser aún más perfecta en su perfección. Que Shia Saide LaBeouf  la protagonizara.

 

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Las cejas de Fontcuberta

Apunté la cámara del celular hacía mí, detrás estaban la sonrisa burlona y superior de un astronauta ruso y su casco. Esa selfie era la única razón por la que entré al museo. Sonreí al verla y salí. Al lado de la salida había dos turistas. De piel blanca y pelo oscuro, era fácil presumir su origen. Estaban detenidas en la entrada intentando hablar con el guardia. Él les decía que era un regalo, ellas querían devolverlo. Me acerqué y recibí uno yo también.

“Omiyage” les dije, eso acabó el malentendido y guardaron su souvenir en los bolsillos, ellas dos salieron y les pregunté lo que ya sabía. Eran japonesas.

Tenían cámaras muy valiosas con correas de cuero “escondidas” entre sus bolsos. Caminamos juntos hasta la esquina, ahí nos despedimos pero seguimos el mismo camino en silencio incómodo. Tomé la inciativa y cambié de calle, podían creer que tenía intenciones criminales y no las quería asustar. Continuamos caminando hacia el mismo destino. La plaza de Bolívar. Al llegar, pensé que nos separaríamos porque se tomarían fotos con los edificios mientras yo seguía por la séptima hacia el norte. Pero Naho se adelantó y me preguntó qué era ese lugar. Cuando me disponía a contestar me preguntaron por qué sabía japonés y cuál era el un buen lugar para tomar un café. Ni podía creer que ella acabara de decir esas palabras, intenté disimular mi emoción y hacer como si eso me sucediera constantemente. Salimos de la candelaria, aburrida, fuimos por el centro hasta un 9 piso donde había café pero también té, que estaba seguro les gustaría más. Colombia es una dictadura del café, hay muy pocos lugares donde se pueda tomar buen té. La vista daba escalofríos, era un día brillante. Tres pájaros oscuros volaron cerca de la ventana. A veces había silencios incómodos y ellas tenían que repetirme las cosas dos veces, la segunda más lento para que yo pudiera entender, creo que nos estábamos divirtiendo.

Sentados en una mesa interior el sol dio una tregua y observé mejor a mis nuevas amigas, una de ellas alta, Noromi? Nozomi? no pude escuchar muy bien su nombre cuando lo dijo. No hablaba mucho, tenía el pelo hasta el inicio del cuello y era tímida, solo sonreía y le murmuraba cosas a Naho que me quedaban imposibles de comprender. Naho era más abierta, se reía y hablaba mucho más, tomaba la iniciativa y se notaba que en ella recaía el itinerario del viaje. Tenía el pelo recogido en una cola de caballo, era más baja que su amiga. Me gustaba su sonrisa blanquísima y tierna. Sus ojos eran grandes, color carbón y su rostro redondo, casi como el de un dibujo. Su cuerpo delataba más de 20 años, en una japonesa eso puede llegar a ser incluso más de 30. Todavía no hablábamos de edades.
La tarde acababa de empezar, todo despedía un olor a tranquilidad. El color del cielo era azul piscina y los cirros blancos se veían como diminutas grietas en el agua. Estaba cómodo. La conversación había tocado todos los temas habituales, por qué Colombia, de dónde venían, hacia dónde iban, si les había gustado, de qué parte eran, qué parte de Japón me había gustado más…

Luego me dijeron que habían llegado ayer y que solo pasarían un día acá. Muy poco tiempo, ni siquiera sabía que recomendarles para conocer en una sola noche. No parecían interesadas en fiestas, acababan de salir de un museo. Probablemente lo mejor sería comida, algo que casi siempre recomiendo mal.
La amiga de Naho se la pasó mirando el lugar, tomando fotos a la ciudad, haciendo preguntas sobre Colombia. Naho, en cambio, sobre mí, sobre mi razón por aprender japonés, sobre mis viajes y mi trabajo, sobre mi camiseta, me gustaba su interés, podía ser falso o nada más cordialidad, pero en ese momento me sentía a gusto respondiendo.

El té se había acabado y era hora de salir, ahora sí estaba resignado a que sería un bonito encuentro, que no daría para más, a punto de despedirme me preguntaron donde se podía caminar y tomar fotos bellas. Una niña con vestido rosado se estrelló contra nuestra mesa y se puso a llorar. Me costó trabajo no reír.

El parque no tenía muchas flores pero estaba verde, al caminar por los senderos se pisaban las semillas de los árboles y los pasos sonaban como una marcha de insectos. La amiga de Naho se adelantó y empezó a tomar fotos a cada flor y pájaro que encontraba su vista. Caminamos solos Naho y yo, parecía una cita cursi. La tarde apaciguaba el calor del medio día. Las nubes empezaban a conjugarse y el viento tomaba velocidad. A veces Naho dejaba de sonreírme y miraba su teléfono, viejo, de tapita. Luego, volvía a su expresión anterior y seguía hablando. Tenía 23 años y había nacido en Miura. Acababa de terminar sus estudios en música, tocaba el piano. Nos sentamos a descansar en un banco, ellas partían para Brasil al día siguiente casi a medianoche, yo seguiría acá. Por un momento recosté mi cabeza hacia atrás y la miré, ella observaba algo a lo lejos y su cabello quedó frente a mí, un olor a shampoo, dulce y vivo me sorprendió. Sentí que era la primera vez en décadas que olía a una mujer. Su peinado recogido hacía visible la parte posterior de su cuello, su piel era perfecta como el papel. No había una sola gota de sudor. En ese momento supe que no quería ser el recuerdo de una amable coincidencia en Bogotá, quería dejar de actuar de guía de turistas, tenía que acostarme con esa mujer.
Note la erección en mi pantalón y cambié de posición para disimularla. Me sentí frustrado y furioso. Era imposible. No había en el mundo la más mínima posibilidad de tener algo con una japonesa en un solo día. Imposible.

Ella con total pasividad empezó a voltearse. Tenía que disfrutar aquel segundo como ningún otro, todas las probabilidades apuntaban a que luego ella no me hablaría jamás.

Su cuello se devolvía a una velocidad mínima, su rostro enfrentaría al mío, ese movimiento era una eternidad, cuando ella viera mis ojos notaría que he cambiado. Podría leer mis intenciones, todo dependería de su reacción.

Sería decisivo, nuestras miradas se cruzarían realmente y por primera vez.

Naho era hermosa, cuando me miró supe que era la mujer más hermosa que se había sentado frente a mí. No estaba seguro sí ella había entendido mi mirada, si había detectado mi erección o simplemente había cambiado de humor pero su sonrisa amable cambió, ahora un telón sombrío y transparente bajo por su cara, no dejaba de sonreír, solo que su nueva sonrisa me asustaba e intimidaba, me encogí en la banca mientras lentamente se acercó a mí como a punto de morderme y dijo muy despacio y suavemente que me esperaba menos convencido. Se puso de pie y me miró riendo, no se burlaba, me levantó de la banca tomándome de la mano, caminamos juntos.

Después de comer y ponerme un saco, Naho pidió Gin and Tonic, seguía sonriendo y yo seguía intimidándome. Las calles, ahora frías, sostenían filas interminables de carros que eructaban y chillaban. Estaban hospedadas en un hotel que nunca había visto antes, en la entrada no había un solo colombiano. Me dio la impresión de que una noche ahí costaría lo mismo que un mes de mi trabajo.

Cada vez que sacaba mi teléfono del bolsillo ella retrocedía instintivamente con un pequeño saltito que me daba risa y empecé a usar mi celular únicamente para ver su reacción. Era involuntaria y por lo tanto siempre era la misma. Su amiga lo notó también, tal vez a la quinta oportunidad. La tomó de una mano, mientras la miraba con gesto preocupado. Intentó disimularlo sonriendo al instante. Algo sucedía, ¿Qué clase de secreto podía guardar Naho para que la asustaran los teléfonos? ¿Estaba casada y su esposo la buscaba por todo internet? ¿Era prófuga de la CIA y no podía estar cerca de un aparato con cámara? ¿Tenía cáncer producido por la radiación de los celulares y no podía acercarse a ellos?
El alcohol en mi vaso estaba completamente quieto. Sentía que sus ojos conocían a todas las personas que existen, que ella tenía una colección a la que nunca iba a estar invitado. Como en esa película en que un carro negro lleva a un hombre a soñar las vidas de los demás, estaba en el límite del universo. En el espejo del baño vi al más ingenuo de los hombres. Imaginé la luz de dos pequeñas velas como único consuelo ante una oscuridad de tormenta y comprendí que ahora era un fantasma. A quién le importaba el problema de Naho con los teléfonos, yo solo quería un beso.

La música cambió, subimos a la terraza del restaurante y seguimos hablando. Dejé de usar mi celular y empecé a acercarme más. La música electrónica era monótona y no producía más que bostezos. Fuimos a bailar.

En la mesa una botella de tequila, nos levantamos cuando empezó el reggaeton. La amiga de Naho bailó dos canciones y se sentó, comprendía lo que sucedía.
Naho había perdido todo gesto de ingenuidad, ahora sus ojos desprendían una mirada afilada y veloz. Quería morderle la nariz del tamaño de mi meñique.

No teníamos sueño, encendí la luz y sobre uno de los ojos de Naho caía un mechón que partía su rostro, la parte iluminada me hizo pensar en la fuerza del blanco de su piel, aún después de besarla con fuerza y haber perdido la cuenta de las veces que lo hice, sus labios continuaban muy rojos. El único punto iluminado de la mitad oscura de su cara era el reflejo en su ojo. Su mirada brillaba y yo padecía. Estar a su lado era igual que sentirse en una tormenta de nieve, corriendo a toda velocidad y a ciegas. Puso una de sus manos sobre mis ojos, estaba tibia, sus dedos eran delgados y diminutos. Creo que mi miedo irracional a las arañas, sobre todo a las de patas largas que parecen puntas de lanza se había materializado en las manos de esta mujer. ¿Me enamoré tan rápido?

Era la hora más fría de la noche, teníamos hambre, faltaba poco para amanecer, salimos a caminar. Los gatos cruzaban las calles en carreras solitarias y mudas.

Naho me abrazaba para sentir calor. Cuando estábamos mirándonos intenté revisar mi teléfono y ella detuvo mi maniobra y me pidió que lo alejara. Sentí que la ofendí y le pedí perdón, pero recordé que por la tarde también le tenía aversión, seguía queriendo saber, esperando una confesión.

—Sabes, en unos días puede que te arrepientas de esta noche —dijo mientras veía nuestras sombras en el suelo.
—¿Por qué? No creo que lo haga nunca.

—Que palabras tan comunes, espero que no tengas que entender lo que digo… Cuando era niña tenía un pato, era blanco y bonito. Le contaba todo, todo, cada pensamiento… Ese pato me conocía mejor que nadie. Hoy somos como los patos, lindos porque callamos.

Su abrazo se hizo más fuerte pero lo que me dijo ya me había atropellado. Quedé en silencio observando como me guiaba de madrugada por mi ciudad.

—Mi único amanecer en Bogotá, lo voy a necesitar en mi memoria… Voy a ser famosa Felipe, te lo prometo. Lo entenderás dentro de poco, pero luego lo volverás a entender, en unos años tal vez, haré que lo entiendas, seré famosa y tocaré enfrente de muchos. Enfrente de japoneses y colombianos. Lo digo en serio.

Su pecho se extendía mientras hablaba, a veces salía vapor invisible de su boca y su voz se escuchaba amarilla por las luces de los postes.

—¿Tú tomas fotos verdad? Tú eres un mentiroso entonces. Te voy a mostrar las mías.

Había más de cuarenta fotos, casi todas de reflejos en ventanas y vitrinas en los que la silueta de Naho borrosa se difuminaba entre los escenarios. Me hacían imaginar un silencio blanco y largo. En esas fotos estaba el secreto de Naho, ella me lo estaba mostrando y yo todavía no lo descifraba. En ninguna se veía su rostro.

Una paloma negra y de una pata estaba entre el andén y la calle, tenía pocas plumas, estaba cubierta de grasa y suciedad, su ojo amarillo no se desprendió de mí. Los dedos de Naho temblaban mientras sostenía la cámara. Cuando terminó de mostrarme la levantó y tomó una foto juntos. Debí aparecer con cara de idiota pero ni la miré. Me gustó que eso hubiera sucedido.

Un fin de semana mientras llegaba de pedalear entré a twitter. Casi suelto el celular. Había una foto de Naho.
Estaba seguro de que era Naho aunque la persona en la foto estaba haciendo un gesto completamente inhumano, exagerado, extremo, monstruoso y sin embargo, era Naho.

La imagen mostraba un piano y a su pianista, la pianista tenía el cabello liso y muy bien peinado, negro brillante. Estaba tocando el instrumento en un concierto. Pero era el gesto el que llamaba la atención. La pianista parecía un caballo, parecía un gorila enfurecido. Sus dientes superiores estaban al aire y sus cejas contraídas, los ojos abiertos hasta el punto que creaban arrugas en la frente y mejillas. Era un meme.
La imagen circulaba por internet como un chiste. Nadie sabía quién era la pianista ni le importaba, solo servía como vehículo para poner mensajes. La mayoría tenía que ver con apasionarse demasiado por cualquier actividad artística. Es decir, aparecía la foto de Naho con su gesto de caníbal rabioso y la acompañaban mensajes diciendo que esa era la cara que ponían cuando se les ocurría un verso o que así se veían cuando les faltaba una noche para presentar una obra. Por nombrar las más comunes dentro de las cincuenta variaciones que vi en menos de dos horas. Naho se había convertido en un meme, no cualquier meme, era el equivalente de la cara de Sméagol pero para artistas. La más baja de las categorías de los memes.
Admito que la mujer más hermosa que se había sentado frente a mí se veía asombrosamente ridícula en la foto, me dolieron las costillas y lloré de la risa las primeras cinco veces que la observé.
A esto se refería y no se refería Naho cuando me dijo que iba a ser famosa. Esto fue el detonante de su viaje, y el viaje es solo el nido para el plan de venganza en contra de todo internet, de la humanidad. Desde que me lo dijo supe que iba en serio, el combustible de su determinación era el número de veces que su foto había sido compartida virtualmente. Naho es invencible.

Semanas después volví a la exposición, volví a pararme en frente a la cara del astronauta, esa fue la primera foto que me mostraron en mi primera clase de fotografía de mi vida. Ese día me enseñaron que todas las fotos son mentira. El astronauta tiene unas cejotas descomunales, abrasivas, pérfidas.

Lo último que Naho me dijo fue: “I’m not the captain of my heart anymore.” Se veía feliz.

Febrero 2017.


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