cine, Herzog, Kinsky

El Reto (o sobre Fitzcarraldo)

No hay misión, ni destino, ni lugar donde nos esperen. Los seres humanos estamos sueltos en este mundo como las llamas de un incendio.

21 de Septiembre de 2013. Cuarta vez que vuelvo a ver la ya legendaria obra del Herzog, sigo sin encontrar la menor pista de su relato. Cumplo años.

Lo único que logro recordar sin parar es ese diario de guerra que llevó Werner y que tituló “La conquista de lo inútil”. Pocas y maravillosas páginas que tienen en sí mismas más cine que muchas películas.

La forma en que Herzog veía a latinoamérica, a sus selvas y personas es tan intrigante como estupenda. Desde Aguirre hasta Cobra Verde, Werner nos guarda momentos inolvidables de temor y respeto por el nuevo mundo. Un artista de la edad media (como él se autodenomina) perdido en la selva de otro continente.

Así mismo son los protagonistas de sus películas: perdidos, pero quizá el que más memorias deja es el de Fitzcarraldo, el hecho de estar perdido en sus propios “sueños”, en sus profundos deseos lo hace un ser por encima del resto. Uno egoísta y despreciable pero al mismo tiempo ejemplar. Un hombre que sin importar lo que le cueste planea derrotar los impedimentos con el único propósito de derrotarlos.

Porque la película no se trata de llevar la ópera a la selva, ni del caucho, ni de pasar un barco por una montaña, se trata de no vencer, de imponerse un reto y no ganarle. Pocas metáforas sobre hacer cine se pueden comparar a esta aventura de Kinsky y Werner. Nadie es tu amigo, o son tus esclavos o son tus enemigos, solo de esa forma se puede hacer perdurar una idea. Para que al final solo sea eso, una idea que otro pueda ver sentado en un teatro.

De improvisto nuestros retos se convierten en obras, nuestra verdadera obra es nuestra aspiración. Si los desafíos que se nos presentan llegan a ser más grandes que nosotros mismos es porque estamos provocando correctamente. Es ahí cuando no hay recompensa, cuando entendemos que lo único que podemos hacer es combatirlos a toda costa, así nuestro protagonista grite y patalee y caigan flechas del cielo, así sea inútil y el único objetivo por lo que se hace sea por mantener la batalla, al final podremos decir como dijo Herzog: hemos participado.

“Hoy, miércoles 4 de noviembre de 1981, poco después de las doce del mediodía, hemos conseguido pasar el barco desde el río Camisea por encima de una montaña hasta el Río Urubamba. Sólo queda por informar esto: yo he participado.”

W. H.

Apostilla:

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cine

La soledad es la mejor defensa (o sobre Thirty Two Short Films About Gleen Gould)

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No quería buscar quien era Gleen Gould en Wikipedia, no lo quería hacer, quería quedarme con el retrato de Francois Girard. Ese retrato en pequeñas piezas que no se terminan de unir pero tampoco están completamente separadas. Una vida en treinta y dos actos.

Algunos vivimos necesitando a otros, sin ellos la existencia nos parece incompleta. Hay quienes en cambio, su única necesidad es estar solos. Se dice que lograr encontrar a alguien para compartir la vida es una de las tareas más difíciles posibles, pero lograr deshacerse de los demás y tener una vida sin absolutamente nadie es exactamente igual de complejo. Ese es el Gleen Gould que nos presenta Girard. Un hombre en busca de soledad extrema, que al mismo tiempo no puede apartarse por completo de quienes lo rodean.

Finalmente lo terminé buscando, no podía creer que no conocía el nombre del intérprete de Johann Sebastian que en este momento está viajando por la galaxia en uno de los más tiernos, ingenuos y por eso mismo poéticos intentos humanos por hacer visible su existencia.

La búsqueda de la nada, de la paz, la tranquilidad, despreciar al público, eliminarlo de su mundo, encerrarse y vivir, tocar, escribir, tocar, escuchar. Esa era la vida en la que Gould estaba decidido a introducirse.

Pero la voz de Gould seguía ahí, aunque sus dedos hacían el trabajo por el cual era conocido, tenía la imperiosa necesidad ser escuchado por alguien. Su prima, sus entrevistadores por teléfono, los oyentes de sus programa de radio, alguien. La soledad solo es disfrutable si podemos presumirla.

Sus conversaciones no eran para preguntar por los demás, ni para que el otro le contara algo, sus conversaciones eran para que alguien lo escuchara hablando consigo mismo, sus discos son igual, tocando para si mismo, nada de conciertos, nada además de él.

Querer pasar seis meses en el circulo polar ártico, sin sol, sin nadie, de noche, la prueba extrema de la soledad. Gleen Gould es un hombre que su mayor compañía eran 88 botones blancos y negros.

En el final de la película cuando el protagonista se aleja en ese paisaje blanco, sabemos que Gleen Gould encontró su ansiada soledad, más al norte que ninguno, en estos momentos está tocando su piano rumbo al infinito, a salir de la galaxia, está tocando para nadie. Toca para él.

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Bogotá, cine, Pintura, Rembrandt

Oscuridad (o sobre Rembrandt (1936))

Luego de tomar mi primera fotografía “conciente” a un pato, con una vieja canon de rollo, entendí que las imágenes iban a ser determinantes y trascendentales en mi vida. El impulso por crearlas, capturarlas y sentirlas nació en mí.

Justo después di con la muestra de pintura más impresionante con la que nunca antes me había encontrado. Hombre con yelmo dorado ese es el nombre de una de las imágenes que me van a acompañar hasta mi muerte.

La impresión que me dejó dicha obra fue devastadora, me hizo entender como unos simples colores podían transmitir absolutamente todo. Más que una película, que un trilogía, más que muchas sagas, ese cuadro me hacía recrear millones de historias en un solo segundo.

Sencillamente me habló. Con su oscuridad, con ese poder supremo sobre las tinieblas, Rembrandt le habló a una persona dentro de mí que yo ni siquiera había conocido.

Decía Werner en su documental sobre una cueva en Francia que aquellos pintores primigenios que intentaron representar el movimiento de un búfalo pintándolo varias veces consecutivas, era protocine. Pues Rembrandt en su cuadro del yelmo inventa el cine. Esa simple imagen ostenta todo el poder narrativo y sentimental, abstracto pero poético, irregular pero aterrador de las películas.

Ese par de pinceladas que representan unos ojos me impresionaron en tal medida que no encuentro una descripción mas acertada de la derrota, de la condición humana y del fin de la vida, que esa mirada. Es el gesto de la desolación más pura.

Por eso en la película de Alexander Korda el Rembrandt de Charles Laughton dice en un momento que es un especialista en leer rostros, y tiene toda la razón, pero no solo eso, también es un especialista en producirlos, no solo como dibujos sino que los arroja desde el profundo negro hasta el espectador. Es ahí donde más me sentí identificado con la película, cuando Rembrandt pinta a Hendrickje y dice que no la ve con ojos de hombre sino que la ve como el agua, como el aire o como al luz. Eso es Rembrandt, él no ve, él absorbe.

Y justo cuando estaba totalmente satisfecho con la película llega ese monólogo final que me abrió de nuevo un camino para conocer. Una explicación no pedida y que es realmente difícil de dar. Intentar explicar el instinto del artista, ese impulso esencial por producir imágenes, y entre Korda y Laughton lo lograron de la manera más sencilla, a través de mismo Rembrandt. Así como su hombre con yelmo dorado, nada en el mundo me hará olvidar su monólogo sobre la vanidad. Esas palabras y sus cuadros son los únicos que nos dan una idea de como un solo hombre tuvo tanto control sobre la oscuridad, sobre como Rembrandt antes que ningún otro es el poeta de la penumbra.

  • Rembrandt from felipe perea on Vimeo.

  • Apostilla: Al parecer Rembrandt no pintó el cuadro al que me refiero, salió de su taller pero se desconoce el autor como se desconoce al año exacto de su realización. Aún mejor.

    Segunda Apostilla: En mi casa compraron una bibla, una grande, la pusieron en un altar en la sala, como si la fueran a leer. Me incomodaba, me incomodaba mucho, aunque en mi casa son religiosos, gracias a los dioses no son hinchas. Decidieron dejarla abierta recibiendo polvo en la parte de los salmos, una de las que más detesto personalmente. Como buen niño la revisé en busca de lo que todos buscamos en un libro, dibujos. Sin embargo me encontré con la sorpresa que está ilustrada con las pinturas y grabados del holandés más importante. Ahora me hace muy feliz su presencia, dejo abiertas sus páginas en alguna de sus pinturas y siento como mi casa se llena de esa oscuridad, penumbra y tristeza que solo Rembrandt puede ofrecer. Tanto, que luego de instalar el perfil de cinestyle a mi cámara lo primero que grabé fue su maravillosa presencia en mí (hogar).

    Aquí la obra pero reinterpretada por el publicista mayor.

    Aquí la obra pero interpretada por el publicista mayor.

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