Albur

La Despedida 8

En una conversación este fin de semana, hablando con uno de los borrachos más sensatos que conozco desde mediados de los noventa, apareció el tema de las casualidades. Me dijo —Son inevitables en este mundo tan pequeño.
Me quedé pensando en su frase por un largo tiempo. Luego de una pausa, el maldito cerdo asqueroso, empezó a producir unos sonidos cercanos a lo que según él era un vallenato llamado “Casualidad” del ilustre Nelson Velásquez. Según wikipedia, el tipo de voz de Nelson es tenor.
Deberían hacer un timelapse de Valledupar y de fondo un vallenato, deberían hacer un timelapse de Suba y de fondo un vallenato. El mejor y más memorable timelapse de Bogotá tiene que tener a Nelson Velásquez. ¿Por qué siempre tienen esa electrónica desalmada y somnolienta?

–Nos producimos, desde el principio, por casualidad.

Cuando llegué a mi casa, saqué el libro de Kundera de la maleta, cada vez que lo tomo en mis manos siento más confianza. Me siento más seguro de que ahora es de mi propiedad. También me lleno de sorpresa. De lo poco que me conozco, porque este libro me ha parecido enternecedor y más que nada, divertido.
Ahora me encuentro en los transmilenios (únicos momentos en el día en que tengo tiempo exclusivamente para leer) riéndome solo, como esas señoras que leen novelas románticas para sentirse mejor, y es que no hay distinción, me he dejado llevar.
Son muchas historias las que narra el libro, muchas casualidades que las unen. Hay amor y celos, muerte y sexo, pilares de la comedia y de la humanidad, me sorprendió este libro. Más porque lo he tomado como un útil respiro. Porque antes había leído el primero de la tetralogía de Mishima.
Por segunda vez me enfrentaba al monstruo, a esa bestial campaña que Mishima emprende por encumbrar al amor como la sustancia del dolor y de los hombres. Cuando lo leí no pude resistirme a terminar muchas de sus frases y sentirme cocinado por dentro, de nuevo, envejecer en un viaje de transporte público. Ese libro me hizo sentir como un ingrediente que con cada letra encontraba sus compañeros de receta, en cada capítulo el fuego elevaba la temperatura. El destino es ser transformado en un plato, en alimento, manoseado y listo para consumir. Leer ese libro no es solo aprender, es cambiar. Lloré mucho.

Entonces el libro que vino de arriba, que me cayó del cielo o de una ventana más bien, resultó digno y apacible. Me devolvió un poco la ingenuidad que había perdido y me hizo reír.
Antes de eso estaba leyendo de una manera extraña. Encontraba cualquier parte subrayada y en seguida paraba hasta transcribirla aquí. Era lento e infructuoso. En una semana me leí todo el libro. La historia era muy fácil de leer y definitivamente me encontré con fragmentos que recordaré, que consideraré verdad.

Ahora que ya tengo el libro en la mente repasaré las citas, las guardaré aquí y seguiré con la idea de investigar los motivos por los que fueron subrayadas, de entender al anterior lector. Esperando que la casualidad lo haga abrir esta página, leer las citas y recuperar su libro.

 

 

—Amigo mío —dijo Bertlef—, ¿no sabe acaso que lo que a usted le ocurre es la historia de todos los hombres de este mundo?

 

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