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La Despedida (Un servicio social)

Faltaba poco para ser las cinco de la tarde, la calle 92 con carrera 14, Bogotá estaba colmada de personas saliendo de sus trabajos. Incluso tuve un desafortunado encuentro con un antiguo compañero de clases que me preguntó si salía del trabajo, para no alargar el incomodo encuentro asentí y continué. Un día gris pero cálido, con un atardecer prematuro y amarillo que no alcanzaba a iluminar la mitad del cielo.
Mientras caminaba pensaba que hacía varias cuadras que había comprado lo que estaba buscando, entonces. ¿Por qué seguía caminando? No tenía la menor idea. La respuesta inmediata es que no quería regresar a mi casa, pero estaba equivocada, sí quería, era el cumpleaños de mi abuela. Incluso en una de mis manos llevaba el regalo que había comprado para ella. Entonces, de nuevo ¿Por qué?

El viento no corría con fuerza. Uno de los edificios de vidrio tenía una ventana abierta, no era la única, ni llamaba particularmente la atención. No había una razón aparente para que eso sucediera. De ella empezaron a volar hojas de papel hacia la calle, eran suficientes para ser vistas desde la distancia. Parecían esos papeles que lanzan en los desfiles gringos, pero más grandes, no tantos y desde una sola ventana. Tal vez solo era una forma inadecuada de tirar la basura. De cualquier forma, me quede mirando a las hojas luchar contra la gravedad y mantenerse flotando a su voluntad.
Mis ojos seguían al viento que los papeles hacían visible, hasta que un objeto diferente salió disparado de la ventana con una caída completamente distinta. Radical, decidida, curva, una hoja diferente cayó al suelo. Era una hoja con peso, más pequeña, definitivamente no blanca. Mi atención se despertó como un perro con el sonido de unas llaves. Tenía que saber qué era lo que había salido de esa ventana, con unos pasos lo alcancé, era un libro.

Había caído en medio del anden, su portada arriba, lo rodeé con mis pies para que nadie lo pisara o me lo quitara antes. Aunque nadie parecía haber notado su caída. Lo primero que vi fue la cuadricula blanco y negra que formaba un marco. Luego la notoria Q de Tusquest. Ya en mis manos me di cuenta que se trataba de “La Despedida” novela de Milan Kundera. Mire hacia la ventana, nadie se asomó, esperé unos minutos y nada pasó, nadie bajó ni salió del edificio. Ni siquiera se veía algún portero en la entrada para dejarlo con él.
Revisé el libro, no estaba marcado, sí parecía tener varias lecturas, los bordes doblados y las hojas amarillas, manchas, olor, además de varios tachones y partes subrayadas. Había sido estudiado con detenimiento.
De Kundera solo pude terminar de leer el libro que todos conocen y uno que otro escrito por internet, no es que atrape inmensamente mi atención. Tampoco me produce desprecio. Empecé a leer en medio de la calle.
Llevaba diez páginas y la intriga abría las primeras puertas en mi cabeza, si iba a devolver aquel libro sería únicamente cuando lo leyera todo. Me fui de ahí y llegue a mi casa, 32 páginas en total.

La historia va muy bien, sin embargo el libro también tiene su propia historia, así que aprovecho éste, mi único espacio de expresión “público” para informarle al dueño del libro que voló desde un sexto piso en la 92 con 14 que yo lo tengo. Lo estoy leyendo, con gusto lo devolveré sí me demuestra que es suyo o si por alguna artimaña de la suerte estas palabras llegasen a él. Entiendo que el artefacto pueda ser preciado, pero en este caso al ser un libro que, puedo decir, me cayó del cielo a los pies. Voy a cobrar una recompensa.

Antes de devolverlo quiero saber, el por qué una novela de un novelista checo-francés terminó por los aires una tarde en Bogotá. ¿Fue accidental? ¿Premeditado? Solo retornaré el libro si recibo la respuesta.

Para hacer más fácil el reencuentro del libro con su dueño, me he decidido a reescribir las partes subrayadas cada vez que en mi lectura me encuentre con alguna. Seguramente las reconocerá.

 

 

El miedo de ser acusado de tomar parte en un asesinato no era menor que el miedo a ser acusado de paternidad.

 

Kundera

 

 

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One thought on “La Despedida (Un servicio social)

  1. La problemática tarea de mandar botellas al mar, y esperar, si por alguna razón se espera, que alguien específico, aun si no tiene nombre, lo encuentre y lo lea, presupone que se abre en el universo un paréntesis que nunca se cierra. No puedo pensar en paréntesis que nunca terminan. Es más horrible que pensar en la nada, más horrible que las respuestas a razones inéditas donde sólo cabe escribir.

    Escribir cuentos sobre el momento en que el final del libro fue demasiado cercano a la realidad y la única respuesta era botarlo por la ventana, escribir cuentos sobre cómo yo también boté una vez un libro por la ventana pero luego me apresuré a bajar las escaleras y recogerlo, era eso, presentía el final y no quería llegar a él. Mi libro no fue La Despedida. Mi libro fue Sin Remedio. Dos títulos tan finitos. Dos títulos tan desalmados. Dos títulos que fueron escritos para volar.

    Es irónico que para alguien que no puede pensar en paréntesis no cerrados, existan tantas cosas a las que ha dejado sin final.

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