cine

La soledad es la mejor defensa (o sobre Thirty Two Short Films About Gleen Gould)

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No quería buscar quien era Gleen Gould en Wikipedia, no lo quería hacer, quería quedarme con el retrato de Francois Girard. Ese retrato en pequeñas piezas que no se terminan de unir pero tampoco están completamente separadas. Una vida en treinta y dos actos.

Algunos vivimos necesitando a otros, sin ellos la existencia nos parece incompleta. Hay quienes en cambio, su única necesidad es estar solos. Se dice que lograr encontrar a alguien para compartir la vida es una de las tareas más difíciles posibles, pero lograr deshacerse de los demás y tener una vida sin absolutamente nadie es exactamente igual de complejo. Ese es el Gleen Gould que nos presenta Girard. Un hombre en busca de soledad extrema, que al mismo tiempo no puede apartarse por completo de quienes lo rodean.

Finalmente lo terminé buscando, no podía creer que no conocía el nombre del intérprete de Johann Sebastian que en este momento está viajando por la galaxia en uno de los más tiernos, ingenuos y por eso mismo poéticos intentos humanos por hacer visible su existencia.

La búsqueda de la nada, de la paz, la tranquilidad, despreciar al público, eliminarlo de su mundo, encerrarse y vivir, tocar, escribir, tocar, escuchar. Esa era la vida en la que Gould estaba decidido a introducirse.

Pero la voz de Gould seguía ahí, aunque sus dedos hacían el trabajo por el cual era conocido, tenía la imperiosa necesidad ser escuchado por alguien. Su prima, sus entrevistadores por teléfono, los oyentes de sus programa de radio, alguien. La soledad solo es disfrutable si podemos presumirla.

Sus conversaciones no eran para preguntar por los demás, ni para que el otro le contara algo, sus conversaciones eran para que alguien lo escuchara hablando consigo mismo, sus discos son igual, tocando para si mismo, nada de conciertos, nada además de él.

Querer pasar seis meses en el circulo polar ártico, sin sol, sin nadie, de noche, la prueba extrema de la soledad. Gleen Gould es un hombre que su mayor compañía eran 88 botones blancos y negros.

En el final de la película cuando el protagonista se aleja en ese paisaje blanco, sabemos que Gleen Gould encontró su ansiada soledad, más al norte que ninguno, en estos momentos está tocando su piano rumbo al infinito, a salir de la galaxia, está tocando para nadie. Toca para él.

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