Coreografía
Bogotá

Las coreografías de la necesidad.

No es que hiciera un frío especialmente devastador. Tampoco es que fuera de esas noches tibias en la ciudad.
Todo estaba como está todas las tardes a las seis, la oscuridad se despierta con una pereza que deja espacio para que el sol se escape con un atardecer rosado.
Mi atención estaba completamente tomada por las palabras de un libro escrito hace más de 2300 años, intentaba aprender de personas de esa época, porque las que me rodean, logran justo lo contrario. A esa hora el transporte público solo está lleno de oficinistas, todos con un olor a tinto mezclado con paño y estrés que produce náuseas y tristeza. Mejor quedarse leyendo algún muerto.
Trancón, obvio, un semáforo dañado, caos, más tiempo para leer. Estaba contra la ventana, ni tan parado ni tan sentado, en esas posiciones que solo existen en los buses repletos. En el andén una mujer acostada sobre una caja de cartón desarmada, desde donde estaba se podía leer,-este lado arriba-, ella estaba arriba, recostada contra un restaurante ya cerrado. No habría dedicado más de unos segundos mirándola si no fuera porque otro indigente, caminando veloz se detuvo frente a ella. Sin mirarla se acercó un poco y se quito uno de los sacos que tenía puestos, era azul oscuro. Más oscuro porque no se había lavado en mucho tiempo, se lo dio y siguió caminando.

No pronunció una palabra, no la miró ni una sola vez. Ella se puso su saco nuevo y se acostó. Quedé petrificado, muchos de mis compañeros de transporte también presenciaron la escena. Para ellos fue un bonito gesto de bondad, un momento de esos en que se puede recobrar la esperanza en la humanidad o cualquiera de esas idioteces que ve la gente para sentirse mejor consigo mismo aún sin hacer nada. Puras mentiras que las personas ven para creer que tienen alguna salvación, que sus vidas miserables poseen justificación.
Quedé petrificado porque me hizo pensar en lo infinitamente necesitados que somos los seres humanos, nuestra indefensión es la herramienta más poderosa de nuestra especie, a través de ella elevamos el espíritu del avance.

¿Qué es lo que verdaderamente necesitamos?

Nos inventamos unas pinzas cortopunzantes para deshacernos del exceso de pelo, otras para el tejido de las uñas. Depilarse, afeitarse, sonreír, cuantas cosas más nos hemos inventado.
Incluso necesitar a alguien, tan deficientes somos y tan incompletos venimos al mundo que no es posible pasar la vida sin depender de otro.
Por eso cuando deje de usar todas esas diferentes pinzas creadas para mantener mi humanidad, cuando las cambie por salvajismo, aún en ese momento en que mis necesidades sean comer, dormir y abrigarme, aún ahí, te seguiré extrañando por encima de todo. Los sentimentalismos son la mejor forma de disimular el instinto.

Coreografía

La armonía no existe porque es inalcanzable, o como dice Werner: I believe the common denominator in the universe is not harmony; but chaos, hostility and murder.

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